Trastornos Alimenticios ESP

Hablemos seriamente del apetito emocional…

Son pocos los que reconocen el impacto de las emociones en la salud general. La mayoría echa la culpa a la falta de voluntad cada vez que falla en sus intentos por bajar de peso; sin importar si fue por caer en la tentación de visitar un restaurante de comida rápida o por recuperar de golpe todos los kilos perdidos en una noche de juerga con amigos. Debe saber que, en la mayoría de los casos, el verdadero aguafiestas es el apetito emocional. No sólo juega un papel fundamental en la obesidad, sino también en trastornos tales como la anorexia, la bulimia y la depresión. Como respuesta natural al estrés, las personas ingieren cantidades excesivas de azúcares y de bocadillos repletos de grasas o directamente pierden el apetito por completo. Así, suben y bajan de peso de forma brusca. Todo esto con tal de sentirse mejor consigo mismos — aunque sea por un segundo. El hecho de que el apetito emocional esté tan vinculado con la psicología del paciente hace que sea aún más difícil de sobrellevar.

1. Comer por aburrimiento

Debe saber que el aburrimiento es una emoción, no una señal que envía el organismo para decirle que necesita nutrientes y energía. Aún así, a cada minuto las personas salen en busca de bocadillos para aplacar esta sensación de vacío. Vivir en una sociedad que celebra lo rápido, lo eficiente y lo productivo, tampoco ayuda demasiado.

La inactividad, por lo tanto, está mal vista y se considera sinónimo de vagancia e improductividad. El estigma social se termina internalizando hasta el punto tal que la persona trata de ocultar cómo se siente. Los alimentos, en especial los que están repletos de azúcar y carbohidratos, son los más elegidos para “tapar” esa falta de entusiasmo.

2. Comer en sociedad

No podemos sobrevivir sin comida. Desde el día en que nacemos, sabemos que la alimentación es un acto compartido. Representa el amor, la aceptación, la seguridad y el bienestar. Ciertas investigaciones han demostrado que la necesidad de tener contacto humano es tan poderosa que cuando un individuo está aislado de la sociedad, tiene mayores probabilidades de morir de forma prematura.

Esto explica por qué cuesta tanto decir que no en ámbitos sociales. Si los miembros de su círculo íntimo comen grasas y carbohidratos en exceso y, de vez en cuando, le ofrecen un bocado, es probable que acceda a imitar esas conductas alimenticias por el simple hecho de ser aceptado.

3. Comidas que reconfortan

Todos tenemos alguna comida que nos trae recuerdos agradables. Es por eso que a los niños pequeños les cuesta tanto dejar de lado su biberón, ya que representa el amor y la seguridad que solían experimentar cuando su madre los amamantaba. Puede que muchos recuerden algún banquete especial, ya sea durante la noche de Navidad o en algún cumpleaños de un pariente, y que su mente se inunde de anécdotas vívidas, llenas de sabores y colores que le generen alegría.

Estas comidas “reconfortantes” suelen ser ricas en carbohidratos, azúcares y calorías y varían de cultura en cultura, según el origen de la persona. Desde el pollo frito de la abuela hasta un tazón de helado Haagen Daz, todas son una caricia al corazón.

4. Comer para aliviar los sentimientos de estrés

Durante una situación amenazadora, el organismo inmediatamente activa su mecanismo de autodefensa. Su respiración y su ritmo cardiaco se incrementan a fines de bombear más sangre oxigenada. Esta sangre se distribuye al cerebro y a los músculos más importantes para poder luchar contra la amenaza o, en algunos casos, salir corriendo. Básicamente, el cuerpo se transforma en una máquina de supervivencia primitiva. Pensar pasa a ser lo último en su agenda. Tiene dos opciones, o pelea o corre por su vida…

Cada vez que come algún bocadillo rico en azúcar o en carbohidratos, sus niveles de glucosa se elevan de forma brusca y se siente más alerta y con mucha más energía. Ahora sí que está listo para enfrentar cualquier tipo de peligro, real o imaginario. Sin embargo, en los tiempos que corren, los riesgos no incluyen tiranosaurios rex o tigres hambrientos. En cambio, hablamos de relaciones, finanzas, mantenimiento del hogar, empleo, etc. Sin una descarga física, lo único que hemos logrado es llenarnos de calorías que se convertirán en kilogramos extras y…¡en estrés adicional!

5. Comer para sentirse querido

La comida chatarra tiene esa habilidad especial de hacernos sentir bien. De hecho, los azúcares, la sal y las grasas causan el mismo efecto en el cerebro que una dosis de heroína. La Dra. Jennifer Nasser, investigadora y profesora adjunta de la cátedra Ciencias de la Nutrición en la Universidad Drexel, en Pensilvania, asegura que cada vez que se pone una barra de chocolate frente a los ojos de cualquier ser humano, sus pupilas se dilatan como reacción natural a la dopamina liberada por la retina.

Lo mismo ocurre cuando una persona está enamorada. Comer chocolate estimula la producción de serotonina, otro neurotransmisor que genera bienestar. Al igual que el amor, los dulces incrementan su ritmo cardiaco. Esto se debe a una sustancia química llamada teobromina, que se absorbe rápidamente y estimula el sistema nervioso, de la misma forma que la cafeína. Otra sustancia estimulante en el chocolate es la feniletilamina (PEA, por sus siglas en inglés), que también está presente en el organismo de las personas enamoradas.

6. Comer en exceso cuando está deprimido

Las personas que están deprimidas comen de más por todos esos motivos que mencionamos antes. Además, experimentan distorsiones cognitivas. En otras palabras, no piensan con claridad y esto se aplica a las elecciones alimenticias. Los niveles de motivación y de autoestima están por el piso o suelo y esto incrementa las posibilidades de ingerir productos ricos en calorías para levantar el ánimo.

Esta sensación de bienestar no sólo dura muy poco, sino que provoca el aumento de peso desmedido. Como si esto fuera poco, un individuo con depresión carece de energía suficiente para ir de compras o para preparar menús saludables, lo que hace que la comida rápida sea una opción tentadora.

7. No comer cuando está deprimido

A veces, las personas con depresión ingieren menos calorías o directamente dejan de comer. La pérdida de peso corporal superior al 5% en menos de un mes es un signo de alerta.

Los trastornos del estado de ánimo y los cambios en la alimentación están muy relacionados, debido a que ambos se originan en el sistema límbico del cerebro. Éste no sólo controla el apetito, sino que regula las emociones. Además, los medicamentos para tratar la depresión pueden interferir con el apetito del paciente.

8. Comedores compulsivos

Los comedores compulsivos comen de forma desmedida durante periodos limitados a fines de aliviar su angustia emocional. Puede que se devoren un paquete entero de galletas Oreo, seguido de un tarro entero de helado y, sin pensarlo dos veces, ataquen la tarta de coco. Estos individuos suelen comer hasta que les duela el estómago. La enfermedad puede derivar en trastornos alimenticios como bulimia, en los que el paciente sufre ‘atracones’ de comida y luego se induce el vómito (purgas) para evitar el aumento de peso.

Comer de forma compulsiva eleva considerablemente los niveles de azúcar en sangre; esto hace que la producción de serotonina sea mayor y que la sensación de bienestar dure más. Sin embargo, cuando los niveles de azúcar bajan de forma brusca, las personas sienten fatiga y depresión. Y así quedan atrapados en un círculo vicioso.

9. Anorexia

La anorexia nerviosa es un trastorno alimenticio muy complejo, que suele estar vinculado con problemas emocionales. Implica dejar de comer hasta llegar a perder el 15% del peso corporal. El miedo a engordar se convierte en una obsesión fatal. La enfermedad afecta principalmente a adolescentes jóvenes pero también suele darse en hombres y adultos mayores. En muchos casos, suele combinarse con episodios de bulimia seguidos por etapas de hambruna extrema.

Al no contar con los nutrientes necesarios para sobrevivir, el organismo quema la energía almacenada en las células adiposas. Una vez que ésta se acaba, continúa destruyendo el tejido muscular para subsistir. En este punto de la enfermedad, las funciones cognitivas se deterioran y hacen que se tenga una concepción distorsionada de la imagen corporal. Los anoréxicos se sienten obesos, a pesar de que las evidencias demuestren lo contrario.

10. Antojos

Ciertas investigaciones han demostrado que el 98% de las mujeres y el 70% de los hombres han tenido antojos en algún momento de sus vidas. Estos aparecen cuando la persona está estresada o ansiosa. Un estudio llevado a cabo por el Monell Chemical Senses Center descubrió que el hipocampo, la corteza insular y el caudal del cerebro se estimulan cada vez que se experimenta un fuerte deseo de comer. Los expertos se sorprendieron al notar que ante la presencia un antojo las partes que controlan la memoria tienen más influencia que el sistema de recompensa.

Un estudio con ratones de laboratorio reveló que cuando los roedores estaban estresados preferían ingerir alimentos altos en grasas y azúcares, debido a que disminuían la reacción al estrés y aumentaban la producción de serotonina. En los humanos, también se involucran en este proceso los factores emocionales. Los bocadillos más deseados son papas fritas, chocolates, helado y galletas. La buena noticia es que estos comportamientos alimenticios pueden ser controlado. Lo importante es ser consciente de la situación e informarse al respecto.

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